Gestos de Pareja

Qué hacer cuando sientes que tu matrimonio está estancado en la rutina

2026.06.09

Eran pasadas las diez de la noche en Rosario y el único sonido en la cocina era el zumbido de la heladera. Mi esposa y yo estábamos ahí, cenando unas sobras recalentadas, cada uno hundido en la pantalla de su teléfono. No era una pelea, era algo peor: era la inercia. Parecíamos dos empleados de una empresa de logística —la mía— que se cruzaban en el comedor después de un turno agotador.

La noche que la heladera habló más que nosotros

Esa escena de finales del invierno pasado me quedó grabada. Estábamos en ese punto donde las conversaciones se limitaban a quién compraba los pañales o a qué hora se retiraba a la nena del jardín. La rutina nos había comido el misterio. Sentía esa presión familiar en el pecho, justo debajo del esternón, que aparece cuando sé que una respuesta sarcástica está por salir de mi boca, pero esa noche ni siquiera tenía ganas de ser sarcástico. Estábamos estancados.

El problema no es que no nos quisiéramos, es que nos habíamos habituado tanto el uno al otro que dejamos de vernos. En psicología le dicen habituación, que es básicamente cuando dejás de notar los estímulos porque están siempre ahí. Como el ruido de los camiones cerca del puerto: al principio te joden, después ni los escuchás. Bueno, con los gestos lindos de tu pareja pasa lo mismo.

Durante el primer mes de colegio de mi hija, la cosa se puso más tensa. Hay 190 días de clases obligatorios en Argentina, y yo sentía que cada uno de esos días iba a ser una repetición exacta del anterior. Un domingo de lluvia el mes pasado, después de una discusión calcada sobre las visitas a mis suegros, decidí que tenía que probar algo distinto. No soy terapeuta, soy un tipo que coordina camiones, pero sé cuando una ruta está bloqueada.

Mi micro-experimento: El cuaderno del puerto en la mesada

Agarré un cuaderno que uso para anotar patentes y empecé a registrar lo que pasaba en casa. El experimento era simple: romper la inercia de la respuesta automática. La técnica de la escucha activa dice que hay que parafrasear lo que el otro dice, pero a mí eso me suena muy de manual. Lo que yo hice fue aplicar la "pausa de los tres segundos".

Hubo una tarde que no me voy a olvidar. Había olor a yerba mate lavada en el termo mientras discutíamos por tercera vez quién llevaría a la nena al colegio el lunes. Sentí el impulso de decir que mi laburo en el puerto era más urgente, pero me callé. Hice la pausa. Le pregunté qué era lo que más le pesaba de esa rutina. No lo que "tenía que hacer", sino lo que sentía. El clima cambió. Si te pasa seguido, quizás te sirva leer sobre cómo lograr acuerdos de crianza al empezar el colegio para evitar roces en pareja, porque ahí es donde la rutina se vuelve más pesada.

Por qué la "distancia" nos salvó de la inercia

Acá es donde me pongo un poco menos convencional. Mucha gente te dice que para salir de la rutina hay que "hacer todo juntos". Yo creo que es al revés. Lo que nos estaba matando era que nos habíamos convertido en un bloque de cemento. No había nada nuevo que contar porque compartíamos cada minuto de aburrimiento doméstico.

El experimento que mejor funcionó fue cultivar nuestra individualidad. Empecé a ir a ver a Newell's con unos amigos después de mucho tiempo, y ella retomó sus clases de pintura los sábados. Esa pequeña distancia generó algo de lo que hablar. Cuando volvés a casa después de haber hecho algo por tu cuenta, tenés un aire distinto. El misterio vuelve un poquito. Romper la rutina no requiere buscar experiencias exóticas en el Caribe; a veces requiere que cada uno tenga su propio mundo un par de horas por semana.

La Ley de Contrato de Trabajo en Argentina habla de unas 35 horas de descanso semanal legal. Nosotros las usábamos para estar pegados discutiendo quién limpiaba el patio. Empezamos a usar una parte de ese tiempo para estar separados, y el reencuentro el domingo a la noche era mucho más sano. Ya no éramos solo los padres de la nena; volvíamos a ser dos personas con algo que contarse.

La cuenta que no me cerraba (5 a 1)

En uno de esos programas que chusmeé en Hotmart (uno sobre vínculos que mi mujer me pidió que hiciéramos, aunque yo salté la mitad de los módulos de meditación), mencionaban el Ratio de Gottman. Básicamente, dice que para que una relación sea estable, tiene que haber una proporción de interacciones positivas vs negativas de 5:1. Cinco mimos, chistes o caricias por cada crítica o pelea.

Me puse a sacar cuentas mentalmente y nosotros estábamos 1:1 o peor. Estábamos en el horno. Así que empecé a meter "micro-positivos": un mensaje al mediodía que no fuera para pedir algo, un mate cebado sin que me lo pidiera, o simplemente notar que había ordenado el living. Después de unas tres semanas de pequeñas pruebas, el ambiente en casa dejó de estar tan cargado.

A veces, el problema es que traemos toda la mugre del laburo a la mesa. Yo, con los camiones que no llegan y las paritarias, llegaba hecho una fiera. Aprendí que si no cortaba con eso, no había experimento que valga. Es fundamental saber cómo separar el estrés del trabajo logístico de la vida en pareja para no quemar el poco tiempo libre que tenemos.

Lo que puede salir mal (y qué mirar)

No te voy a mentir, no todo salió de diez. Hubo una tarde de domingo de lluvia el mes pasado donde intenté hacerme el comprensivo y ella me cortó el rostro porque estaba con dolor de cabeza y cero ganas de hablar de "vínculos". Ahí aprendí que el tiempo es todo. Si el otro está con la guardia alta, mejor no forzar el micro-experimento.

Qué mirar para saber si vas por buen camino:

Si ves que después de meses de intentar cambios chiquitos, de probar silencios y de buscar aire propio, la cosa sigue igual de trabada, no te quemes la cabeza solo. Yo soy un coordinador logístico, no un mago. A veces, cuando los engranajes están muy oxidados, lo mejor es admitir que necesitamos ayuda externa y considerar hablar con un terapeuta de pareja. No es señal de derrota, es señal de que querés arreglar lo que tenés.

En fin, acá sigo. Mi cuaderno de patentes ahora tiene menos números de camiones y más notas sobre cómo no arruinar el próximo domingo. No somos el matrimonio modelo, somos uno que sigue intentando, con el olor a humo de asado todavía en la ropa y las ganas de que la rutina sea un lugar cómodo y no una celda.

Para que lo sepas:
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