Gestos de Pareja

Pasos para entender el punto de vista de tu pareja sin discusiones

2026.07.07
Pasos para entender el punto de vista de tu pareja sin discusiones

Eran pasadas las diez de la noche de un domingo de lluvia el mes pasado y el silencio en la cocina se podía cortar con un tramontina. Me quedé mirando el fondo de la taza, con ese olor a café frío que se te pega a la nariz cuando estás demasiado cansado para lavarla, mientras garabateaba en mi libreta de logística. Manejo el despacho de unos 40 camiones diarios en el cordón industrial, a 35 kilómetros de Rosario, en el Puerto General San Martín, y esa noche me cayó la ficha: gestionaba mejor una flota de granos que una charla de diez minutos con mi esposa.

Desde el 2023 venimos con el mismo disco rayado: que si el tiempo frente a la pantalla, que si los turnos con los suegros, que si los mandados. El ciclo de pedir perdón y olvidar nos estaba comiendo los talones. Pero esa noche, con el nudo en el pecho que se me arma cada vez que escucho el 'plim' de una notificación de ella en el celular, decidí que no quería pasar otro invierno igual. Mi hija empezó primer grado este año —acá en Santa Fe son 7 años de primaria obligatoria y ella entró con los 6 recién cumplidos— y los tiempos se nos achicaron tanto que cada pelea parece un lujo que no podemos pagar.

El domingo que me di cuenta que no sabía escuchar

La discusión de ese domingo fue por una pavada, o eso creía yo. Ella estaba cansada después de una semana de dar clases y yo venía con la cabeza quemada del puerto. Intenté 'explicarle' mi punto de vista y, como siempre, terminamos peor. El problema es que yo buscaba que ella entendiera mis razones antes de que yo pudiera siquiera registrar qué le pasaba a ella. No soy psicólogo ni experto en nada, soy un tipo que labura en logística y que aprendió a los golpes que en un matrimonio, como en el puerto, si el muelle está saturado, no podés meter más carga.

Primer plano de una mano junto a un café frío y un cuaderno de logística sobre una mesa de madera.

Ese fue el punto de quiebre. Me di cuenta de que mi primer instinto ante cualquier reclamo era defensivo. Si ella decía 'estoy agotada', yo escuchaba 'no hacés nada'. Si ella decía 'la nena necesita esto', yo escuchaba 'te olvidaste de comprarlo'. Me propuse un experimento simple para la semana siguiente: no intentar entenderla a ella primero, sino tratar de frenar mi propia reacción antes de abrir la boca. Es algo que fuimos masticando después de ver un par de videos del programa soluciona-conflictos-parejas-extraordinarias, aunque la verdad que la mitad de las cosas teóricas me las salté porque no me dan los tiempos.

El experimento de la pausa de los tres segundos

Lo primero que probé, después de las vacaciones de verano cuando la rutina nos volvió a pasar por arriba, fue la pausa sagrada. Suena a autoayuda barata, pero para un rosarino calentón como yo, es un triunfo. El paso a paso fue este: cada vez que ella lanzaba un comentario que me pinchaba, yo contaba hasta tres internamente. No para pensar la respuesta, sino para dejar que la presión en el pecho bajara un poquito.

Si no bajaba, aplicaba lo que leí por ahí sobre qué hacer ante los síntomas de ansiedad al hablar con tu pareja, porque si hablo con el corazón a mil, lo único que sale es veneno. Descubrí que si lograba pasar esos tres segundos sin saltar, el tono de la conversación cambiaba por completo. No es que de golpe me volviera un santo, sino que le daba aire a la habitación.

Un martes, hace unas tres semanas, ella me reclamó por los platos. Mi respuesta automática era decirle que yo había estado diez horas renegando con camiones que no llegaban a tiempo. Hice la pausa. Miré el mate lavado sobre la mesada. Me di cuenta de que mi necesidad de 'tener razón' era el sesgo de confirmación funcionando a pleno: yo buscaba en sus palabras la prueba de que me estaba atacando.

Por qué entender no es lo mismo que estar de acuerdo

Acá es donde la mayoría de los consejos fallan. Te dicen 'ponete en los zapatos del otro', pero si tenés los pies hinchados de tu propio estrés, no te entra ni un talle más. Mi enfoque fue distinto: priorizar mi regulación emocional. Si yo no estoy tranquilo, no puedo entender ni el pronóstico del tiempo. Empecé a notar el momento exacto en que la charla se iba al pasto. Es un gesto en su cara o un tono en mi voz.

Manos de una pareja compartiendo un mate en la mesa de la cocina, sugiriendo diálogo.

Cuando eso pasa, ahora trato de bajar el tono de voz para evitar que una charla escale. No es fácil, a veces me sale el rosarino de Newell's que quiere discutir hasta el último lateral, pero me acuerdo de la cara de mi hija cuando nos escucha gritar y se me pasa. Entender el punto de vista de ella no significa que yo tenga que decir 'tenés razón en todo', sino decir 'entiendo que esto te está haciendo sentir así'. Es una diferencia sutil pero desarma cualquier bomba.

En el laburo, si un camión se traba en el acceso, no le grito al chofer para que el camión se mueva mágicamente; busco dónde está el nudo. En casa es igual. Si ella está enojada por los turnos de los suegros, el nudo no son los viejos, es que siente que toda la organización cae sobre ella. Ahí es cuando uno entiende que hay que repartir la carga mental en pareja para que ninguno de los dos termine detonado el viernes a la noche.

La pregunta que cambió el tono en la cocina

Durante la primera semana de clases, con todo el caos de los uniformes y las mochilas, probamos otra cosa. En lugar de defenderme, empecé a preguntar: "¿Qué necesitás que entienda ahora?". Al principio ella me miró como si me hubiera golpeado la cabeza en el puerto. Pero después de un momento, bajó la guardia. No me estaba pidiendo soluciones logísticas, me estaba pidiendo que registrara su cansancio.

A veces, el experimento fallaba. Hubo una tarde que me olvidé de la pausa y salté como un resorte. Lo bueno es que ahora me doy cuenta más rápido. No soy un modelo de nada, sigo siendo el mismo tipo que se queja del tráfico en la Circunvalación, pero mi matrimonio ya no se siente como una batalla de desgaste. Estamos probando estas pequeñas cosas del programa que hicimos, filtrando lo que nos sirve y tirando lo que es demasiado 'terapéutico' para nuestro gusto.

Mochila escolar y mate en una cocina familiar de Rosario al atardecer.

Lo que hay que mirar para saber si funciona

Si vas a probar esto el sábado a la tarde, tené en cuenta un par de señales. Yo me fijo en esto:

Ojo, que si después de intentar estos cambios chiquitos durante meses sentís que siguen chocando contra la misma pared, lo mejor es no hacerse el héroe y hablar con un terapeuta de pareja. Yo no tengo formación médica ni nada que se le parezca, soy solo un marido que no quiere que el ciclo de 'pelear y olvidar' le rompa la familia. A veces, reconocer que uno no puede solo es el paso más inteligente de todos.

Al final del día, entender a tu pareja no es una técnica de comunicación de esas que te venden en LinkedIn. Es más como cebar un buen mate: requiere paciencia, el agua a la temperatura justa y saber cuándo parar para que no se lave. No siempre sale perfecto, pero mientras sigamos intentando cosas diferentes, hay esperanza de que el próximo domingo de lluvia el silencio sea de esos que se disfrutan, y no de los que duelen.

Para que lo sepas:
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