Gestos de Pareja

Cómo retomar la calma tras un mal domingo de discusiones con tu pareja

2026.08.09

Eran las once de la noche de un domingo a fines de julio pasado. En Rosario, cuando el frío se te mete en los huesos y la humedad del río hace que todo pese el doble, el silencio en el cuarto era insoportable. No era un silencio de descanso, era ese silencio espeso, cargado, que queda después de que te dijiste todo lo que no tenías que decirte frente a los fideos del mediodía. Estaba ahí, mirando el techo, pensando que otra vez habíamos caído en la misma. La misma discusión reciclada desde 2023: que si tu vieja, que si los platos, que si el celular en la mesa. Un bucle que se repetía casi como las 52 semanas que tiene el año.

Laburo en logística, cerca del puerto. Me paso el día coordinando la entrada y salida de contenedores de 40 pies, lidiando con retrasos y camiones que no llegan. Ahí, si algo se traba, buscás la causa y la arreglás. Pero en mi casa, con mi mujer que es maestra de primaria, la lógica del puerto no servía para nada. El "domingo de furia" se nos había vuelto una tradición horrible. Empezaba con la presión de organizar las visitas a los suegros, seguía con la montaña de ropa para lavar y terminaba con los dos anestesiados frente a una pantalla, tirándonos dardos por cualquier pavada hasta que alguno explotaba.

De coordinar puertos a coordinar silencios

Esa noche de julio decidí que no quería pasar otro lunes yendo al laburo con el nudo en el estómago. Soy un tipo que prefiere los hechos a las palabras lindas. No soy terapeuta ni coach, soy un marido que se cansó de ese ciclo de pelear, pedir perdón y olvidarse hasta la semana siguiente. Así que agarré un cuadernito viejo y empecé a anotar qué hacíamos. Mi hija acababa de cumplir 6 años y empezó el colegio este año; verla a ella en medio de nuestra tensión me dio el empujón que me faltaba. No quería que su recuerdo de los domingos fuera el de sus viejos con cara de pocos amigos.

Lo primero que anoté fue que el problema no era la pelea en sí, sino lo que hacíamos después. Mi tendencia natural era aplicar la de "borrón y cuenta nueva". Me despertaba el lunes, le preguntaba si quería mate y hacía de cuenta que no nos habíamos gritado por el puré de zapallo. Error total. Me di cuenta de que evitar la confrontación inmediata tras un mal domingo suele ser un error garrafal: esperar demasiado, dejar que pasen los días esperando que el clima se limpie solo, permite que el resentimiento se enquiste y crea una realidad paralela de desconexión emocional. El hielo se vuelve tan grueso que después necesitás un rompehielos para volver a hablar de algo importante.

El experimento del lunes: El reinicio temprano

El primer lunes de agosto decidí probar algo distinto. No iba a esperar al fin de semana para "arreglarlo". La idea era un micro-experimento: cambiar el punto de entrada de la conversación apenas nos levantáramos. En lugar del mate silencioso o el comentario logístico sobre quién buscaba a la nena en el colegio, busqué un momento de vulnerabilidad mínima.

Acá es donde entró lo que aprendí en uno de esos cursos de Hotmart que anduvimos chusmeando. Hay una idea del Instituto Gottman que dice que necesitás una proporción de 5 a 1; es decir, cinco interacciones positivas por cada una negativa para que la cosa no se hunda. Después de un domingo de discusiones, mi cuenta estaba en rojo total. Estábamos en menos diez. El experimento consistió en tres pasos simples que cualquier marido puede intentar un lunes a la mañana mientras se calienta la pava.

1. El reconocimiento del clima (sin buscar culpables)

Cuando escuché el clic metálico de la hornalla prendiendo la pava del mate el lunes a la mañana, sentí el impulso de siempre: mirar el celular y no decir nada mientras ella preparaba las mochilas. Pero me obligué a soltar el aparato. La clave no fue decir "perdoname por lo de ayer", porque eso a veces suena a trámite. Fue decir algo como: "Che, qué noche de perros pasamos ayer, quedé medio roto". Es reconocer el ambiente, no la culpa. Es admitir que los dos la pasamos mal.

2. El contacto físico mínimo

Esto me costó un Perú. Cuando estás enojado, el cuerpo se te pone duro. En psicología le dicen flooding o desbordamiento, que es cuando estás tan pasado de rosca que no podés razonar porque tu cuerpo está en modo ataque o huida. Noté que, para bajar esa guardia, necesitaba un gesto. Mientras ella pasaba por al lado mío en la cocina, le apoyé la mano en el hombro un segundo. Nada de abrazos de película, solo un toque. Sentí la leve frialdad de mis palmas y cómo se me aflojaba un poco la mandíbula cuando decidí escuchar en lugar de estar defendiendo mi cronograma del fin de semana.

3. La pregunta de baja presión

En vez de preguntar "¿qué vamos a hacer para no pelear más?", que es una pregunta pesadísima para un lunes a las siete de la mañana, probé con: "¿Cómo podemos hacer para que hoy sea un día más liviano para los dos?". Es un cambio de enfoque. Ya no estamos discutiendo el pasado, estamos gestionando la logística del presente, algo que como rosarino que labura en el puerto, me sale mejor.

Lo que puede fallar (y lo que me pasó a mí)

No te voy a mentir, la primera vez que lo intenté, ella me miró como si me hubiera pegado un rayo. Me contestó con un monosílabo y siguió con lo suyo. Ahí es donde casi mando todo al carajo y vuelvo a mi cueva de silencio. Pero recordé que controlar las reacciones físicas al discutir con tu pareja es fundamental para no explotar y arruinar el pequeño avance. Me quedé ahí, respirando el olor al café que se estaba terminando de hacer, y no reaccioné a su indiferencia. A los diez minutos, ella misma se acercó y me dijo: "Sí, ayer fue un desastre. Perdón por lo que te dije de tu hermano".

El truco está en no esperar una respuesta inmediata de película de Hollywood. Estás sembrando para que el martes no sea una extensión del domingo. Si te ponés a exigir que ella reaccione bien a tu primer intento de paz, estás generando una nueva pelea. Es como cuando un barco grande quiere entrar al puerto: no dobla en un segundo, necesitás los remolcadores y mucho espacio.

Señales de que el experimento está funcionando

Después de unos tres meses de notas en mi cuaderno, empecé a ver patrones. No es que dejamos de pelear —eso sería mentira—, sino que el tiempo que pasamos "en el freezer" se acortó. Antes, un mal domingo nos arruinaba hasta el miércoles. Ahora, para el lunes a la tarde ya estamos de vuelta en el mismo equipo.

Hay pequeños signos que te dicen que el paso aterrizó bien:

A veces, simplemente empezar el día con un pequeño gesto de aprecio cambia todo el esquema. De hecho, hace poco escribí sobre unos pasos para expresar gratitud en el matrimonio que me ayudaron a ver que, aunque el domingo sea un caos, hay cosas que todavía funcionan bien entre nosotros.

Herramientas que terminamos usando

Como les dije, no inventé nada. Hicimos un par de cursos online porque sentíamos que nos faltaban palabras. De uno de esos programas de Hotmart sobre resolución de conflictos sacamos la técnica de la "pausa de 20 minutos". Si sentís que el corazón te late a mil, te vas a otra pieza. Yo antes pensaba que eso era de cobardes, que había que "enfrentar las cosas". Pero la verdad es que cuando estás así de caliente, solo decís estupideces. El curso tenía diez módulos, pero la verdad que con los primeros tres ya teníamos para entretenernos un año. El resto, sobre "lenguajes del amor" y esas cosas más abstractas, lo salteamos porque no nos iba con nuestra forma de ser.

Una noche fría de la semana pasada, mientras compartíamos un tostado después de que la nena se durmiera, me di cuenta de que estábamos conversando tranquilos. No habíamos resuelto el tema de los suegros ni el de la limpieza a fondo de la casa, pero estábamos en calma. Y esa calma es la base para poder negociar todo lo demás.

Si sentís que en tu caso los experimentos de lunes ya no alcanzan, que el silencio del domingo se estira semanas enteras y que ya no se reconocen cuando se miran, mi consejo de tipo común es que no se dejen estar. A veces el sistema está tan trabado que necesitás a alguien de afuera que sepa de esto. No tengan miedo de hablar con un terapeuta de pareja; a veces es el empujón que falta para que el barco vuelva a navegar.

Para que lo sepas:
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